lunes, 14 de junio de 2010

DEVOCIÓN O CULTURA

La idea no es hablar de política, pero el ejemplo cae de perlas para poder significar lo que se quiere expresar. Hace unos días, un candidato presidencial, aquel que nos acostumbró que hoy dijera una cosa y que mañana dijera otra, en uno de sus “autogoles” manifestó, o por lo menos dejó entrever, que era ateo. Algunos de sus seguidores se decepcionaron y le retiraron sus afectos y los de la campaña contraria aprovecharon el momento para atacarlo despiadadamente. Al día siguiente, el candidato en mención se retractó y dijo que sí creía en Dios. Un par de días después, ante una pregunta cualquiera de un periodista, contestó: “Gracias a Dios…” Pudo haberlo dicho como tantas de esas cosas que decimos a diario sin pensar porque hacen parte de nuestro léxico, o lo dijo porque quiso congraciarse con los que se sintieron ofendidos. Más preocupante lo segundo, pero ese no es el tema que se ha querido traer a colación, lo que preocupa verdaderamente es otra cosa.

No es posible entender como a una persona se le pueda catalogar de buena o mala por su creencia religiosa o simplemente por su no creencia. Parece ser que alguien que se declare ateo es observado como un bicho raro en esta sociedad de doble moral. No nos damos cuenta que la religión que supuestamente la mayoría de personas dicen profesar no es más que parte de nuestra cultura y que en la mayoría de casos no se trata de una verdadera devoción. Todo hace parte de un “kit” completo que nos insertaron durante nuestra educación, un “chip” invisible que contiene el manual de cómo pensar y que le fue clausurada la orden “delete” para no cometer el pecado de borrar todo y pensar por nuestra propia cuenta.

De esta manera, ese “kit” nos ha indicado que crema de dientes utilizar, que marca de leche en polvo comprar y que religión profesar, entre otras cosas. No se quiere decir con lo anterior que nuestros padres nos criaron de forma mal intencionada, por el contrario, nos quisieron hacer personas de bien, con buenas costumbres y valores, a imagen y semejanza de como ellos mismos fueron criados, producto de nuestra cultura. Pero si hoy en día decidimos cambiar de marca de crema de dientes o de leche quizá eso no va a causar escándalos familiares y mucho menos sociales. Pero si por algún motivo, a alguien de la sociedad y por algún error tecnológico en su ensamblaje le sea posible pulsar la tecla “delete” para borrar toda la concepción religiosa y darse a la tarea de pensar diferente como resultado de su propia experiencia de vida, el caos es total, puede quedarse sin familia y sin amigos.

Esa religión en la que la mayoría fuimos criados es utilizada también por las personas más dañinas de la sociedad para pedir la bendición divina buscando que sus negocios sucios sean exitosos. Los sicarios, los narcotraficantes y casi todos aquellos que se dedican a hacer el mal tienen su propia virgen a la que rezan para que la bala acierte en el blanco “sin que la victima sufra” o para que el negocio se pueda “coronar”.

La religión ha sido durante la historia de la humanidad una buena excusa para matar en nombre de Dios. No podemos olvidar las Cruzadas y la “Santa Inquisición”, empresas cristianas que concedían indulgencias a aquellos que mataban a las personas que pensaban diferente porque eran consideradas herejes. Hoy en día, los radicalistas del Medio Oriente creen que se ganan el Cielo si se inmolan ante una multitud, entre más muertos más cercanos están de la gloria. Podemos concluir, entonces, que su “kit” es diferente, hacen parte de otra forma de pensar, prueba indiscutible de que la religión es un aspecto meramente cultural.

Por el contrario, es admirable esas personas que viven su religión con devoción, que hacen de ella su filosofía de vida, se les envidia su fe, esa que las hace sentir tranquilas y confiadas en un ser superior. Son personas que aman y respetan a su prójimo por que cumplen con su sagrado decálogo. Desafortunadamente son una gran minoría, son muchos los que rezan “…perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…” y sus corazones están llenos de odio, terminan su oración con un Amén y salen a crear discordias en su trabajo, en su familia, en la sociedad. Son los mismos que van a misa porque desde pequeños lo hacen pero eso no les representa un verdadero acto de contrición, cada año van en peregrinación en señal de penitencia, como si su Dios viera con buenos ojos el maltrato de su cuerpo.

Al igual que aquellos creyentes que hacen de su religión una verdadera forma de vida, existimos personas que respetamos al prójimo, que no queremos hacerle mal a nadie, que buscamos darle felicidad a aquellos que nos rodean, que tendemos nuestra mano generosa cuando alguien la necesita. Para ello no necesitamos estar matriculados en ninguna religión, no matamos por que creamos que sea pecado, no lo hacemos porque creemos que la vida es un derecho inviolable, creemos en el Estado Social de Derecho donde la persona y su dignidad es lo más importante.

Así las cosas, se pretende hacer un llamado de atención para que no cataloguemos a una persona como buena o mala por su forma de pensar, por sus creencias o no creencias religiosas. Precisamente, uno de los preceptos del decálogo divino es “Ama a tu prójimo como a ti mismo” y allí no se hizo ningún salvamento de voto donde indique que sólo se debe de amar al prójimo si cree lo mismo que tú crees, o algo parecido. Son los actos los que verdaderamente nos indica quién es quién, si es bueno o malo, incluso, todos tenemos derecho a equivocarnos y luego recomponer nuestro camino, también lo dice un pasaje bíblico: “Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Como pueden darse cuenta, la gran mayoría de las personas de nuestra sociedad queremos lo mismo, creyentes y no creyentes. Todos queremos lo mejor para nuestros seres queridos, todos queremos ser felices, todos queremos vivir en paz. No importa como pensamos sino como actuamos y eso es independiente de si creemos o no creemos en un Dios. ¿Cómo no vamos a querer a aquellos que sí creen, si las personas que más amamos en la vida son creyentes?, nuestros padres, hermanos y abuelos que viven en su fe con la esperanza de lograr una vida eterna en el Paraíso. Muchos, sin ser creyentes, también buscamos un Paraíso, solo que el escenario es diferente, es terrenal.

Se debe de Valorar de la misma manera a aquellos que nacieron en un hogar creyente y que luego decidieron no dejar que los demás pensaran por ellos, a aquellos que nacieron en un hogar no creyente y que con el trascurrir de sus días encontraron en la fe una manera de vivir mejor. Ambos tienen algo en común, tuvieron el coraje de salirse del molde en que fueron adoctrinados y descubrieron por si mismos su propia verdad. Una verdad que es relativa, porque en temas de creencias religiosas no existe la verdad absoluta, por lo menos hasta que alguien muera un buen tiempo y regrese a contarnos como son las cosas en el más allá.

Héctor Jaime Aranda M.

Junio 14 de 2010


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Dr. Aranda lo feicito por su primera publicacion es un tema muy interesante, me declaro fiel seguidora de ahora en adelante. Marce.

Anónimo dijo...

Hola, Jaimito, gracias por compartirme tu blog, me gusta el artículo, te felicito, totalmente de acuerdo contigo, super!! Un abrazo, bye. Martha C. Romero

Joa dijo...

Hola HJ, está muy interesante el artículo, al igual creo que la fe es cuestión de geografía, pero también sé que se debe creer en algo, que sería si no se creyera?, Siempre me haré esa pregunta, desafortunadamente los hombres creamos y así mismo destruimos con múltiples excusas, este es un tema del que se pueden sacar muchas conjeturas. Muy bueno
Johana s.

Unknown dijo...

Lo mas importante en la vida es empezar y el inicio que hiciste me parece muy bueno. Te felicito y seguire pendiente de tus comentarios.