domingo, 20 de junio de 2010

DOBLE MORAL

Por: Héctor Jaime Aranda M.

Parece que la corrupción solo es atribuible a los demás y que nosotros somos completamente inimputables. Criticamos a los políticos, a los funcionarios públicos y a todos aquellos personajes que por tener reconocimiento social aprovechan sus cargos para hacer favorecerse. Pero si vamos conduciendo un vehículo y nos paran en un retén sin llevar los documentos en regla, haciéndonos acreedores a una sanción, inmediatamente pensamos en el amigo que tenemos en el tránsito para que nos borre el comparendo, si es que ya no hemos solucionado el problema con una donación al policía de tránsito. Entonces, ¿de verdad odiamos la corrupción o lo que odiamos es que no estamos en la posición privilegiada en que se encuentran otros? De verdad pienso que lo que sentimos es envidia.

Siempre se nos ha hecho fácil criticar, miramos con ojos de procuraduría a los demás, pero justificamos fácilmente nuestros actos. Los demás son unos corruptos, nosotros somos “avispados”. En una noche de tertulia contamos a nuestros amigos, con una sonrisa en los labios, la forma en que hicimos trampa en un examen, como sobornamos a un funcionario, o como pagamos con un billete falso; nos sentimos orgullosos de ser tan “recursivos”. Inmediatamente podemos cambiar de tema y pedir la pena de muerte para el político que compra votos, o el que ofrece puestos a cambio de callar un desliz. Los demás, los corruptos, compran conciencias, nosotros damos gratificaciones. Sus pecados son mortales, los nuestros veniales.

No puedo dejar de pensar en una canción de uno de mis cantantes favoritos, Alberto Cortez, dice tantas cosas que preferimos no cantarla porque se convierte en una confesión. Estas algunas de sus frases: “Los errores son tiestos que tirar a los demás, los aciertos son nuestros y jamás de los demás”; “somos jueces mezquinos del valor de los demás, pero no permitimos que nos juzguen los demás”; “Nos pensamos pilotos del andar de los demás, donde estemos nosotros que se jodan los demás”. Por supuesto que es mejor y más fácil cantar melodías que no nos lleven a ninguna reflexión, que por el contrario nos fomente nuestro ego y el deseo de condenar a los demás.

Así las cosas, es preocupante el futuro que podemos avizorar. Nuestros niños están siendo criados en la cultura del menor esfuerzo, les estamos enseñando que este mundo es de los “vivos”. Ellos son testigos cotidianamente de como nosotros, los adultos, pecamos por la paga o pagamos por pecar. Pero contrariamente no se les hace tan fácil ser testigos de verdaderos actos de ciudadano decente, por ejemplo, con mis propios ojos observé que en las pasadas elecciones no dejaban entrar a los padres con sus hijos menores al sitio de votación. Igualmente, esta semana, pude observar que cuando un padre de familia llega al Palacio de Justicia con sus pequeños, el guarda recomienda que no los vuelva a llevar por que no es un sitio para niños. En el primero de los casos, se pierde la oportunidad de educar sobre la cultura de la democracia, y en el segundo, no les estamos permitiendo conocer que existe un lugar donde las personas buscan justicia en derecho y que no solo existe la justicia del más fuerte o aquella que cada quien aplica con sus propias manos.

Me duele mi País, me duele que tengamos los valores invertidos, me duele que seamos como somos, de doble moral, de mil caras. A veces me pregunto si es verdad la teoría de que somos lo que somos por culpa de nuestros colonizadores, españoles que tenían dos alternativas, podrirse en la cárcel en que se encontraban o aventurarse a llegar por vía marítima a la India que nunca conocieron. Llegaron a nuestra América, nos robaron, violaron y maltrataron, justificando de esta manera su condición de prisioneros. ¿Entonces, si el origen es genético, vale la pena seguirnos preocupando?

Adicionalmente, como si fuera poco, nuestra juventud no tienen sentido de pertenencia, viven aquí pero se sienten de otra parte. No conocen nuestros símbolos patrios y muchos menos cuales son nuestros ritmos. La globalización llegó y nos dejó de todo un poquito, opacando lo nuestro. Seguramente es más fácil que cantemos una ranchera que un bambuco. Recuerdo con nostalgia las clases de democracia, me hacía sentir orgulloso de ser colombiano; el inolvidable librito que nos enseñaba como ser buenos ciudadanos y sobre todo, a nosotros los hombres, como ser caballeros: “La Urbanidad de Carreño”. No tengo hijos para darme cuenta si todavía esto se dicta en los colegios de hoy en día, pero con lo que puedo observar, creo que no.

Para concluir, soy de los que me resisto a creer que estamos condenados a vivir cada vez de peor manera, creo que lo tenemos todo por hacer, que primero tenemos que empezar por revisar nuestros actos, que podemos educar mejor a nuestros niños, teniendo presente que “las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra”. Debemos dejar a un lado el “importaculismo”, nos tiene que doler lo que pasa y sobre todo asumir el compromiso de mejorar las cosas en nuestro entorno, eso, al igual que las cosas malas, tiene efecto multiplicador. Al juzgar por un acto deshonesto, seamos igual de severos con nosotros mismos que cuando lo hacemos con los demás. Sobre todo, tengamos presente que, como también lo dice Alberto Cortez, somos “los demás de los demás”.

Junio 20 de 2010.

1 comentario:

CARAPÁLIDA dijo...

Tienes toda la razón. La corrupción y la trampa en Colombia son una "cultura". Infortunadamente la gente piensa que esas son las mayores virtudes de un Colombiano. La gente debería preguntarse por qué si los suecos o los alemanes no tienen esa virtud sus países funcionan TAN bien.